jueves, 16 de noviembre de 2017

Dakota del Sur se baña en petróleo

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El oleoducto de Keystone XL, desde Canadá
hasta el Golfo de México, constituye una
seria amenaza al medio ambiente.
Andrés Hernández Alende
Un derrame de petróleo en el oleoducto Keystone ha disparado la alarma en Dakota del Sur.
Este jueves 16 de noviembre se calculó que en ese estado norteamericano se habían derramado unos 210.000 galones de crudo.
TransCanada, la compañía que opera el oleoducto, informó que cerró la tubería y que está investigando la causa del derrame. Recalcó que la seguridad del público y del medio ambiente son sus prioridades. ¿En serio?
Según un cable de Associated Press, Brian Walsh, un científico del Departamento de Medio Ambiente y Recursos Naturales de Dakota del Sur, dijo que los funcionarios del gobierno no creen que el derrame haya afectado ninguna masa de agua en la superficie ni que haya amenazado los sistemas de agua potable del estado.
Pero no basta con que lo crean: tienen que darnos más seguridad que esa afirmación. Un derrame de 210.000 galones de petróleo en el medio ambiente es una amenaza ecológica considerable. Es un accidente alarmante.
También es alarmante que bajo el gobierno del presidente Donald Trump, los Estados Unidos estén dando marcha atrás en la batalla contra la contaminación, generadora del cambio climático.
El oleoducto Keystone forma parte de la gigantesca tubería de 2.687 millas de largo que iría desde Canadá hasta el Golfo de México, el oleoducto Keystone XL. En marzo, el presidente Trump otorgó un permiso federal al proyecto. Organizaciones ecologistas como el Sierra Club han afirmado que el enorme oleoducto constituye una amenaza seria para el medio ambiente. Pero al multimillonario que reside en la Casa Blanca y a los representantes de la plutocracia norteamericana en el Congreso les importa poco el azote ya palpable del cambio climático.
En vez de promover el uso de energías alternativas que no contaminan, quieren seguir quemando petróleo, envenenando la atmósfera. Trump incluso desea revivir la industria del carbón, una actividad decimonónica de devastadoras consecuencias para el clima y para la gente.
El derrame en el oleoducto Keystone es solo un avance de lo que nos espera si seguimos votando por políticos irresponsables que piensan más en las ganancias inmediatas de los adinerados que en el bienestar de la mayoría.
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domingo, 5 de noviembre de 2017

Trump rompe un récord en índice de (des)aprobación

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El índice de aprobación del presidente Donald
Trump es el más bajo de cualquier presidente
de los EEUU en los últimos 70 años.
Andrés Hernández Alende

El índice de aprobación del presidente Trump es en estos momentos el más bajo de cualquier presidente en las últimas siete décadas.
Las encuestas de aprobación de los inquilinos de la Casa Blanca se empezaron a llevar a cabo hace 70 años, con Harry S Truman como el primer encuestado.
Según una encuesta del Washington Post y ABC News, divulgada este 5 de noviembre, menos de 4 de cada 10 norteamericanos, el 37 por ciento, aprueba la gestión del presidente.
El 59 por ciento desaprueba su trabajo, y el 50 por ciento lo desaprueba enérgicamente.
Es el peor índice para Trump en el tiempo que lleva en la presidencia. Y el peor de cualquier presidente en los últimos 70 años en el mismo período del mandato.
El 65 por ciento de los encuestados dice que Trump ha logrado en su gestión “no mucho” o “poco o nada”. El 43 por ciento dice que ha logrado “poco o nada”.
La mayoría da al presidente una nota negativa en aspectos sumamente importantes como: la economía, el sistema de salud, la amenaza terrorista, la seguridad nacional y las relaciones raciales.
En la economía, el 53 por ciento no aprueba su gestión. En salud, solamente el 26 por ciento piensa que está haciendo bien las cosas. En el manejo de la amenaza del terrorismo, el 43 por ciento lo aprueba. El 51 por ciento no confía en él “en absoluto” en el terreno de la seguridad nacional.
Y en relaciones raciales, menos de 3 de cada 10 dice que ha hecho un buen trabajo. La mitad de los norteamericanos opina que Trump discrimina a los afroamericanos, y el 55 por ciento piensa que tiene prejuicios contra las mujeres.
Por último, el 66 por ciento dice que Trump no tiene la personalidad ni el temperamento para ser presidente.
Los votantes debieron haber pensado mejor el pasado noviembre.
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En Miami puedes hacer lo que te dé la gana

Un Audi estaciona ilegalmente en una senda
para veh
ículos de emergencia en Miami.
Andrés Hernández Alende

Miami, la capital del narcotráfico, el lavado de dinero y la estafa al Medicare en los Estados Unidos, es una ciudad muy permisiva con el delito y con la infracción.
Las fiestas ruidosas hasta altas horas de la noche en las casas de los suburbios de Miami son frecuentes. Hay una ordenanza contra el ruido en todo el condado de Miami-Dade, pero las autoridades no la imponen.
Los automovilistas también hacen lo que les da la gana. Muchas personas estacionan en el fire lane (la senda de la calle reservada a vehículos de emergencia) para estar más cerca del sitio a donde van. No les gusta caminar. La multa por estacionar en esas sendas es de casi 100 dólares, pero los infractores son audaces.
La foto adjunta muestra un auto estacionado en el fire lane de un shopping center del oeste de Miami, en la calle Ocho y la avenida 137. La ocupante del vehículo se bajó para recoger una comida en un restaurante, en el que estuvo más de cinco minutos mientras yo la vigilaba. El automóvil es un Audi, un auto caro.
Muy cerca había suficientes espacios vacíos para estacionar. No tenía que haber parqueado en el fire lane. Pero en Miami la gente puede hacer lo que le dé la gana, sobre todo la gente con dinero. Y la policía no hace nada.
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miércoles, 25 de octubre de 2017

El cambio climático vacía los bolsillos del Tío Sam

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El huracán Irma azota Miami Beach en
septiembre de 2017.
Andrés Hernández Alende

El cambio climático ya cuesta a los contribuyentes norteamericanos miles de millones al año, según un estudio de la Oficina de Supervisión del Gobierno (GAO).
El periodista Michael Biesecker, especializado en temas ambientales, señala en un artículo reciente de Associated Press que el gobierno federal ha gastado más de $350.000 millones en los últimos diez años en programas de ayuda en casos de desastres naturales y en pérdidas por inundaciones y daños a cultivos. Y esa cifra no incluye el enorme costo de los fuegos forestales y de tres devastadores huracanes este año. Uno de esos huracanes, María, arrasó Puerto Rico, dejando a la mayoría de la población sin electricidad ni agua potable y creando una crisis humanitaria.
El informe de la GAO indica que estos costos crecerán en el futuro cercano, y que para 2050 ascenderán a unos $35,000 millones cada año.
“El costo de los eventos extremos –dice el informe– aumentará cuando lo que se consideran eventos raros se hagan más comunes y más intensos debido al cambio climático”.
Según el informe, el gobierno federal no tiene un plan eficaz para afrontar estos costos, ni ha emprendido una planificación estratégica para enfrentar el cambio climático, identificando los riesgos y trazando las respuestas federales apropiadas.
Entretanto, el presidente Donald Trump no cree que haya un cambio climático. Ha retirado a los Estados Unidos del Acuerdo de París para combatir las emisiones de gases de efecto invernadero. Quiere revocar las iniciativas del presidente Barack Obama para reducir la polución. Y ha nombrado en cargos que tienen que ver con el clima a políticos que cuestionan el consenso científico sobre el cambio climático: Scott Pruitt al frente de la Agencia de Protección Ambiental (EPA), Rick Perry como secretario de Energía, y Ryan Zinke como secretario del Interior. Todos ellos niegan que la quema de combustibles fósiles como el petróleo es el principal causante del calentamiento global. Todos ellos están a favor de seguir convirtiendo al planeta en una caldera hirviente, mientras los petroleros se forran los bolsillos. Y mientras Trump combate el cambio climático lanzando rollos de papel toalla a las azoradas víctimas del huracán María en Puerto Rico.
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jueves, 12 de octubre de 2017

La masacre de Las Vegas: otra tragedia del culto a las armas en los Estados Unidos

Sonny Melton murió cuando protegía con su
propio cuerpo a su esposa, Heather, durante
el tiroteo en Las Vegas, el 1 de octubre.
Andrés Hernández Alende

Sonny Melton, un joven enfermero de Tennessee, murió en Las Vegas cuando protegía a su esposa de los disparos del loco desde el hotel Mandalay Bay, el pasado 1 de octubre.
Cuando Stephen Paddock abrió fuego con un fusil de guerra desde el piso 32 del hotel donde se había alojado, Sonny tomó de la mano a su esposa Heather, una cirujana, y echaron a correr. El joven iba detrás, con sus manos sobre los hombros de la mujer, protegiéndola con su cuerpo. Un héroe que dio su vida para que su esposa se salvara.
Heather relata que sintió cuando una bala alcanzó a su esposo. Bajo los disparos del orate, gritó pidiendo ayuda y empezó a darle resucitación cardiopulmonar a su esposo, en un esfuerzo desesperado por no perderlo. Pero fue inútil.
Sonny Melton “era un buen hombre”, dijo su padre, James Melton, en un mensaje que puso en Facebook, “haciendo lo que los hombres buenos hacen. Fue un héroe”.
El joven no tenía que haber muerto esa noche, como tampoco tenían que haber muerto las otras víctimas fatales del cobarde enloquecido que disparó –sin que hasta el momento de escribir este artículo se conozcan los motivos– contra los asistentes a un concierto de música country en Las Vegas.
Paddock mató a 58 personas e hirió a más de 500 antes de quitarse la vida cuando los policías por fin detectaron de donde venían los disparos e irrumpieron en su habitación en el hotel Mandalay Bay. Un policía lloró por la rabia de no haber podido llegar antes y evitar la muerte de tantas personas.
Fue la peor masacre en la historia moderna de los Estados Unidos, un país conmovido con demasiada frecuencia por matanzas cometidas por individuos trastornados y fuertemente armados. Un país donde es perfectamente legal comprar un arsenal, y donde un fusil semiautomático se puede convertir –también con la aprobación de la ley– en una ametralladora gracias a un dispositivo llamado bump stock, inventado por Bill Akins, un ex marine de la Florida.
Akins expresó sus condolencias por las víctimas, pero también defendió el derecho constitucional de portar armas.
El mismo día de la masacre en Las Vegas, un terrorista del Estado Islámico agredió a los pasajeros en una estación de trenes de la ciudad francesa de Marsella. Mató a dos mujeres antes de que los soldados lo abatieran. El arma que utilizó fue un cuchillo. Si hubiera tenido un armamento como el que Paddock tenía a su disposición, el saldo mortal habría sido sin duda mucho más elevado. Pero sucede que en Francia, como en la mayoría de los países desarrollados con la excepción de los Estados Unidos, adquirir un arma no es ni tan fácil ni tan común.
En los Estados Unidos hay más de 300 millones de armas de fuego en manos de la población, más pistolas y fusiles que habitantes. La cantidad de armas en manos civiles guarda una relación directa con la cantidad de asesinatos.
Según la Oficina de Drogas y Crimen de las Naciones Unidas, el índice de homicidios por cada 100.000 habitantes en los Estados Unidos es de 4,88, mientras en Canadá es de 1,68, y en los países de Europa Occidental, Australia y Nueva Zelanda no llega a 1. En China, el índice es de 0,74, y en Japón de 0,31. En Mónaco, donde se encuentra el mundialmente famoso Casino de Montecarlo, el índice de asesinatos es 0. En ninguno de esos países se puede comprar armas como en los Estados Unidos.
La sociedad norteamericana es rehén de la industria de las armas y de su principal representante, la Asociación Nacional del Rifle (NRA), que aporta jugosas donaciones a las campañas de los políticos y mantiene un bombardeo propagandístico perenne. Y el lavado de cerebro da frutos: en una encuesta de Gallup de 2016, el 76 por ciento de la población se opuso a que se promulgue una ley que haga ilegal la posesión de armas, excepto por la policía.
Creen que estando armados hasta los dientes tendrán más seguridad, cuando las estadísticas indican lo contrario. Esa visión de la calle como un campo de batalla es un rezago de épocas turbulentas en la historia de la nación, cuando el país creció arrebatando territorios ajenos a tiro limpio.
El culto a las armas no es propio de una sociedad civilizada, pero en los Estados Unidos no solo se mantiene, sino que raya en el fanatismo. Y produce monstruos como Stephen Paddock, el demencial asesino que desgarró la noche en Las Vegas.
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sábado, 16 de septiembre de 2017

La estela del huracán Irma

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El huracán Irma azota Miami Beach el 10 de
septiembre, tras su paso devastador por los
Cayos de la Florida y el Caribe.
 Andrés Hernández Alende

A estas alturas el monstruoso huracán llamado Irma ya no existe; se disolvió en un rastro de lluvia en Arkansas y Tennessee.
Pero antes de desaparecer en el centro de los Estados Unidos, dejó una estela de destrucción y dolor en el Caribe y en la Florida.
Como el huracán Harvey unos días antes en el sur de Texas, Irma se ensañó en los lugares por donde pasó, demorándose infinitamente en trasladarse, avanzando a paso endiabladamente lento, devastando todo en un amplio radio de vientos demoledores.
El Malecón de La Habana, antes una muralla que contenía las arremetidas del mar, no pudo detener la irrupción de Irma, que cubrió el litoral habanero con sus aguas enfurecidas. Pero lo mismo pasó al otro lado del estrecho, en Miami, donde la marejada inundó Miami Beach y zonas de la tierra firme como el distrito de Brickell.
Entretanto, los Cayos de la Florida sufrieron un impacto espantoso que arrasó con la cuarta parte de las viviendas y destrozó edificios y embarcaciones. Los paradisíacos cayos que se extienden desde los Everglades hacia el Golfo de México tardarán en recuperar todo su esplendor. En la península, Naples, Tampa, St. Petersburg tampoco escaparon al azote del pavoroso ciclón.
Hay que reconocer que los meteorólogos no nos fallaron y predijeron con exactitud el paso de Irma y la magnitud de la catástrofe. Sus avisos de evacuar las zonas en peligro no fueron exagerados; todo lo contrario, salvaron vidas. Los funcionarios públicos también indicaron al público la necesidad de protegerse y de irse si era necesario.
También hay que reconocer que no estamos preparados para afrontar fenómenos naturales como Irma o Harvey. Sí, es cierto que tras el aviso de políticos y expertos, y en cuanto el gobernador de la Florida, Rick Scott, decretó una emergencia en todo el estado, la gente salió corriendo a abastecerse de gasolina, agua y provisiones. Pero en pocas horas vaciaron las gasolineras, llenando no solo los tanques de sus vehículos, sino también incontables bidones, en una afanosa carrera por acaparar gasolina que recordaba las películas de Mad Max. Y en idéntico tiempo arrasaron con los supermercados, donde pronto no quedaron más líquidos que unas pocas botellas de Perrier y, eso sí, abundante selección de vinos (al parecer, para enfrentar las catástrofes, la mayoría prefiere la cerveza). Los rezagados que llegaban a los mercados en busca de provisiones, siguiendo las recomendaciones de los líderes, no encontraban nada. Entretanto, las filas en las pocas gasolineras que todavía despachaban combustible eran kilométricas.
En realidad, cuando los líderes y los comentaristas de los medios instan al público a prepararse para el huracán, lo que están diciendo es “sálvese quien pueda”. El gobierno no planifica para episodios de desastres como Irma o Harvey; no tiene reservas; no puede reabastecer a los negocios privados, arrasados por las multitudes ansiosas por prepararse para lo que viene.
Como en los recientes huracanes, y como en otras catástrofes del pasado reciente, toda la preparación de la población se deja en manos del mercado, de la iniciativa privada, siempre bajo el dogma del neoliberalismo en boga desde la época de Ronald Reagan. Pero como señala Joseph Stiglitz, premio Nobel de Economía, en un artículo publicado en The Guardian el 8 de septiembre, “los mercados por su cuenta son incapaces de proporcionar la protección que las sociedades necesitan. Cuando los mercados fallan, como sucede a menudo, la acción colectiva se hace imperativa”.
El gobierno llega a reparar el daño y salvar lo que puede después de la catástrofe, pero antes, su acción es por lo general poco previsora.
Los mercados por su cuenta tampoco tomarán las únicas medidas que en realidad pueden salvarnos de estos desastres: combatir decisivamente el cambio climático. El aumento de la temperatura del planeta y de las aguas de los océanos generará cada vez más fenómenos extremos como Irma y Harvey, apunta el consenso científico que los mercados y su representante en la Casa Blanca, el presidente Donald Trump, se empeñan en ignorar. Pero cualquiera que haya vivido por un buen número de años en Miami o en los Cayos de la Florida –lugares azotados por la furia de Irma– sabe muy bien que el calentamiento global no es una patraña de los chinos, como Trump aseguró una vez. Es un peligro real y visible, provocado por las emanaciones de gases contaminantes que genera nuestra civilización industrial. Y los mercados no parecen capaces de conjurar esa amenaza.
Twitter: @Alende5
Lea la novela más reciente del autor, De un solo tajo.

sábado, 19 de agosto de 2017

Trump contra la inmigración

La Estatua de la Libertad, en la
bahía de Nueva York.
Andrés Hernández Alende

Desde que se inauguró en 1886, la Estatua de la Libertad fue durante muchos años la primera visión de América que tenían los inmigrantes europeos que llegaban en barco, cruzando el Atlántico, hasta Nueva York, su puerto de entrada.
Venían huyendo de las guerras que devastaban al Viejo Continente, de la pobreza, de la falta de futuro. Buscaban la esperanza que habían perdido en su tierra natal, y los Estados Unidos, un país joven, fundado sobre ideales de libertad, les abría los brazos. Así lo atestiguaba el poema El nuevo coloso, de la neoyorquina Emma Lazarus, escrito en 1883 con el fin de recaudar fondos para la construcción del pedestal de la famosa estatua. El poema, que se grabó en el pedestal en 1903, dice:
“¡Guardaos, tierras antiguas, vuestra pompa legendaria!, exclama ella./ Dadme a vuestros rendidos, a vuestros desdichados,/ a vuestras hacinadas muchedumbres que anhelan respirar en libertad./ Enviadme a estos, los desamparados, los que por la tempestad son azotados./ ¡Yo alzo mi antorcha junto al puerto dorado!”.
Hace unos días, el presidente Donald Trump y su asesor Stephen Miller echaron por tierra esa visión de los Estados Unidos como un país de esperanza para pobres y perseguidos.
La propuesta de inmigración elaborada por dos senadores republicanos, David Perdue, de Georgia, y Tom Cotton, de Arkansas, y que tiene el pleno respaldo de Trump, reduce la inmigración legal a la mitad, sobre la base de un programa de puntos y méritos que beneficia principalmente a la gente adinerada. No es extraño: el presidente se rodea de millonarios en la Casa Blanca y d
efiende constantemente a su clase social.
Entretanto, en un encuentro con la prensa, el asesor Miller intentó rebajar el valor del poema de Emma Lazarus, al decir que no formaba parte de “la Estatua de la Libertad original” sino que se había colocado mucho después de la inauguración del monumento.
El presidente Donald Trump apoya una
propuesta migratoria que reduciría a la
mitad la inmigración legal.
El proyecto de ley de inmigración tiene que ser aprobado en el Capitolio, y la batalla no será fácil. Pero Trump ya ha aclarado, con este plan, cuál es la postura de su gobierno frente a la inmigración, un fenómeno social que históricamente ha fortalecido a la nación.
La propuesta de Trump establece que los inmigrantes no solo deben entrar legalmente con visa, sino además saber inglés, demostrar que tiene medios para mantenerse económicamente en los Estados Unidos y dar un aporte importante a la nación. Muchos trabajadores latinoamericanos que vienen a este país con ánimo de trabajar duro para prosperar y sacar adelante a sus familias no serían aceptados bajo las normas que desea Trump. Pero sí abriría las puertas a muchos extranjeros corruptos con fortunas malhabidas que saben inglés, si las autoridades no detectan ninguna ilegalidad en sus manejos financieros.
El programa de refugiados, que permitía la entrada de 100.000 en el año fiscal 2017, bajaría a 50.000, según el proyecto de los dos legisladores sureños.
Y en cuanto a la reclamación de familiares inmediatos, el plan dejaría las reclamaciones de cónyuges e hijos menores, pero suprimiría las de hijos adultos, padres y hermanos.
El respaldo de Trump al plan de limitar drásticamente la entrada de inmigrantes se produce en momentos en que la popularidad del presidente ha bajado a su peor nivel, incluso entre su principal base de apoyo: los blancos no hispanos de estados rurales y poca formación académica.
Trump da un espaldarazo al plan de Perdue y Cotton para seguir contando con el respaldo de los xenófobos y los supremacistas blancos que lo pusieron en la Casa Blanca. Su lema de “hacer a América grande de nuevo” (¿cuándo fue que la nación perdió su grandeza?) es en realidad “hacer a América blanca de nuevo”.
Ese ideal racista hace retroceder al país varias décadas en el terreno de la igualdad y los derechos civiles. Pero además el proyecto migratorio sería muy perjudicial para la economía nacional, que todavía necesita una gran inyección de mano de obra de baja calificación para ocupar puestos de trabajo que muchos ciudadanos no están dispuestos a llenar en sectores como la agricultura, la construcción, los servicios, etc. Muchos inmigrantes que llegan de América Latina y otras regiones, decididos a realizar los trabajos que a los norteamericanos no les interesa hacer, no podrían venir si el plan de Trump se aprueba. Se perdería el efecto beneficioso de esa inmigración para la economía en general. Sería un desastre nacional.
Trump puede tener una calificación de cero en solidaridad social y no dar importancia a los ideales consagrados en el poema de Emma Lazarus, pero en el terreno económico al menos debería saber cómo sacar las cuentas.
Twitter: @Alende5
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