viernes, 16 de febrero de 2018

La matanza del Día de San Valentín y el mito de las armas

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Andrés Hernández Alende

La matanza del Día de San Valentín en la escuela secundaria Marjory Stoneman Douglas, en Parkland, una localidad del condado floridano de Broward, se suma a una larguísima lista de tiroteos masivos que definen la pavorosa historia del crimen en los Estados Unidos.
La masacre de Parkland, que dejó un penoso saldo de 17 muertos, es la peor en una escuela desde la de Sandy Hook, en el estado de Connecticut, en 2012. En Sandy Hook, como ahora en Broward, los políticos repitieron la misma frase: “Nuestros pensamientos y nuestras oraciones están con ustedes”. Dijeron que rezarían por las víctimas, que se tomarían medidas para que el horror no volviera a pasar, que se controlaría la tenencia de armas y se haría más estricta la verificación de antecedentes. Nada de eso ha sucedido. Nada indica que suceda ahora.
Según un estudio de la Organización Mundial de la Salud de 2010, en las naciones ricas, el 91 por ciento de los menores de 15 años muertos por armas de fuego vivían en los Estados Unidos. Esa cifra es tan aterradora como debería ser inaceptable.
En ningún otro país desarrollado –ni siquiera en ningún otro país subdesarrollado, salvo los azotados por la plaga del terrorismo– se producen las matanzas que con espantosa frecuencia estremecen a la nación norteamericana.
El índice de homicidios tiene una relación directa con la posesión de armas de fuego. En Australia no ocurre un tiroteo masivo desde 1996, cuando a raíz de una masacre en Tasmania el gobierno reguló estrictamente la tenencia de armas y restringió la venta de armamento de guerra. Pero en los Estados Unidos, una medida similar no encuentra apoyo entre la mayoría de los políticos y ni siquiera cuenta con el respaldo suficiente en el electorado como para cambiar la ley. Esta actitud se debe a un factor cultural y al mismo tiempo a una motivación económica.
La cultura de las armas está muy arraigada en la psiquis nacional. Es una herencia del proceso de fundación y expansión de la nación, cuando las milicias populares combatieron a las tropas de la metrópoli británica y luego los colonos arrebataron el país a la población indígena a tiro limpio. La historia norteamericana está vinculada al mosquete y luego al Winchester colgando de una pared de la cabaña; en la actualidad, esas armas han sido sustituidas por el AR-15, la popular versión civil del fusil militar M-16. El AR-15 fue el arma utilizada por Nikolas Cruz, el joven de 19 años que cometió la masacre de Parkland.
La tradición belicista fomenta un negocio multimillonario de venta de armas cuyo brazo propagandístico, la Asociación Nacional del Rifle, salpica a los políticos para inducirlos a no tomar las medidas salvadoras que hacen falta para detener la violencia.
Una visión torcida de la Segunda Enmienda de la Constitución –que estableció el derecho de poseer armas para los colonos a fines del siglo XVIII– equipara la tenencia de armas con la libertad individual. Pero la verdadera libertad que necesitamos y que deberíamos exigir con más energía es la libertad de enviar a nuestros hijos a la escuela sin el temor de que algo espantoso pueda pasar; la libertad de ir a un lugar público sin la inquietud de que un loco decida abrir fuego contra la multitud; la libertad de vivir sin miedo.
Una enmienda redactada a la carrera en medio de la guerra por la independencia, hace dos siglos y medio, ya no tiene vigencia y podría cambiarse. Pero la tendencia de muchos norteamericanos a ver la Constitución como un texto sagrado es aprovechada por los mercaderes de la muerte para mantener el negocio de las armas y frenar a cualquier político responsable que desee cambiar las cosas.
Vivimos en una sociedad violenta donde muchos se levantan cada mañana a ver cómo estafan al prójimo, en una economía regida por la competencia implacable y la insolidaridad; en una sociedad acostumbrada a que su gobierno resuelva las diferencias internacionales mediante la injerencia, la invasión y la guerra; en una sociedad donde la gente vive atrincherada en su propiedad y donde, como ha dicho el escritor uruguayo Jorge Majfud, “las armas son la segunda religión después del cristianismo”. Inevitablemente, ese tipo de sociedad crispada produce monstruos como Nikolas Cruz, el asesino de Parkland. La solución para detener las matanzas está en desechar el mito de la tenencia individual de armas, pero esa solución requiere un profundo cambio en la sociedad que muchos aún son incapaces de aceptar.
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miércoles, 14 de febrero de 2018

El presupuesto de Trump no hará a América ‘grande de nuevo’

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El presupuesto que presentó el presidente
Trump el 12 de febrero elevaría el déficit
hasta casi un billón de dólares.
Andrés Hernández Alende

Como era de esperar, el presupuesto que el presidente Donald Trump presentó al Congreso el lunes 12 de febrero contiene fuertes recortes a los programas sociales.
Al mismo tiempo, Trump quiere disparar el gasto de las fuerzas armadas a más de 680.000 millones de dólares. Propone un plan de reparación y modernización de infraestructura –carreteras, puentes, etc.– que consumiría $200.000 millones en diez años. Y destina $23.000 millones a contener la inmigración, incluido el famoso y anacrónico muro en la frontera con México que se empeña en construir.
¿Recuerdan cómo los conservadores lanzaban furibundas críticas contra el presidente Barack Obama cuando no lograba controlar el déficit? Pues el presupuesto de Trump aumenta el déficit del gobierno hasta casi un billón. ¿Qué les pasó a los republicanos que cuando Obama estaba en la Casa Blanca no podían conciliar el sueño pensando en el gasto gubernamental, y ahora les importa un pepino que el nuevo mandatario derroche miles de millones y dispare la deuda nacional? Deberían explicar a qué se debe ese cambio de actitud, cuál es la razón –que no dicen– por la que censuraban a Obama cuando excedía el presupuesto en un puñado de dólares, mientras ahora ni siquiera señalan que Trump está endeudando el gobierno a un nivel sin precedentes. ¿A alguien se le ocurre cuál puede ser esa razón?
El presupuesto presentado el 12 de febrero es la última evidencia del plan de gobierno de Trump, un esquema para favorecer a los ricos, a la clase minoritaria a la que pertenece, y contentar a la mayoría con migajas y promesas demagógicas.
El pasado diciembre, Trump implementó una rebaja de impuestos de $1.5 billones que beneficia sobre todo a las empresas y a los acaudalados, mientras concede una pequeña reducción en los tributos que paga la clase trabajadora. Ojo: el recorte fiscal para los adinerados y las corporaciones es permanente, pero la rebaja para el resto de la población solo dura unos años. Y todavía hay muchos que no pertenecen a la clase rica y sin embargo están saltando de alegría.
Esta receta fiscal que Trump implementa con tanta confianza no es nueva, y su ineficacia está probada. El presidente Ronald Reagan puso en marcha el concepto neoliberal del trickle-down economy, que consiste en favorecer financieramente a los ricos y a las empresas con la idea de que algo caerá desde las alturas como un maná sobre la clase trabajadora. Pero la política económica de Reagan resultó ser un fracaso: los acaudalados incrementaron sus cuentas de banco mientras los trabajadores aumentaban la deuda en sus tarjetas de crédito. A la larga, las políticas neoliberales que comenzaron en la era de Reagan y se mantuvieron durante las presidencias de Bill Clinton y los dos Bush, padre e hijo, condujeron a la crisis económica de principios de este siglo, que Obama a duras penas consiguió aliviar.
No hay nada que permita afirmar que el plan económico de Trump –un remake de una política fracasada– genere una bonanza duradera: la historia reciente demuestra lo contrario.
La euforia de sus seguidores ante un alza sostenida de la bolsa de valores se deshizo como una pompa de jabón con la estrepitosa caída del Promedio Industrial Dow Jones a principios de febrero. Y es posible que veamos más trastornos en la economía, al aumentar el costo de la vida mientras los salarios –aunque Trump haya afirmado otra cosa en su discurso del Estado de la Unión, el pasado 30 de enero– solo suben muy tímidamente, menos que cuando Obama era presidente.
Pero la base de apoyo de Trump se niega a ver objetivamente la realidad. Trump es un multimillonario que llegó a la presidencia para favorecer a su clase y deshacer los avances sociales que había logrado su antecesor, el primer presidente negro en la historia de una nación desgarrada por el racismo. Ese era el plan detrás del lema populista de “hacer a América grande de nuevo”, como si los Estados Unidos hubieran perdido su grandeza con Obama, un mestizo, en la Casa Blanca. El proyecto de Trump –con su desenfrenado gasto militar para imponer una nueva versión de la diplomacia de las cañoneras, su cuantiosa asignación para que no entren más inmigrantes hispanos mientras el presidente quiere inmigrantes de la blanca Noruega, y su reforma fiscal para beneficiar sobre todo a los ricos– pretende imponer un modelo de grandeza solo para unos cuantos, mientras sume a la mayoría en la incertidumbre y la desesperanza.
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Lea la novela más reciente del autor, Bajo el ciclón.

sábado, 13 de enero de 2018

Un elefante en la cristalería diplomática

Defensores de la inmigración se manifiestan
frente a la Casa Blanca, el 9 de septiembre.
Andrés Hernández Alende

Uniendo la acción a la palabra, el presidente Donald Trump revocó el 8 de enero la protección migratoria temporal (TPS por sus siglas en inglés) a los salvadoreños en los Estados Unidos. Anteriormente, en noviembre, había cancelado el TPS a los nicaragüenses y a los haitianos. Se teme que haga lo mismo en julio con los inmigrantes hondureños.
Trump dice desde la campaña electoral que quiere limitar la inmigración. Sigue empeñado en levantar un muro en la frontera con México para que no entre más gente del sur. Expulsa a centroamericanos y haitianos. Y a pesar del apoyo electoral que recibió de los cubanos, no ha restaurado los privilegios migratorios que tenía ese grupo y que el presidente Barack Obama canceló.
Poco después, el 11 de enero, Trump provocó una tormenta internacional en una reunión sobre inmigración con varios legisladores en la Casa Blanca.
Según el senador demócrata Richard Durbin, de Illinois, y otras personas presentes en la Oficina Oval, cuando los congresistas propusieron devolver la protección del TPS a personas de El Salvador, Haití y varias naciones africanas a cambio de suspender la lotería de visas en otros países, el presidente respondió: “¿Por qué la gente de esos países de mierda tiene que venir aquí?” La palabra en inglés que empleó para referirse a esos países fue shithole.
Después, Trump sugirió que los Estados Unidos deberían atraer a inmigrantes de países como Noruega.
En otras palabras, Trump abre los brazos a europeos del norte pero cierra las puertas a latinoamericanos y africanos. Y eso, aunque él lo niegue, suena a racismo.
La tempestad se desató inmediatamente. Líderes y ciudadanos de los países que Trump llamó shitholes protestaron enérgicamente. Trump negó en su medio de comunicación favorito, Twitter, que hubiera empleado ese lenguaje soez en la reunión, pero varios presentes afirman que sí usó esas palabras ofensivas. Además, el daño ya estaba hecho. El Departamento de Estado va a tener que esforzarse para reparar el desastre diplomático causado por el presidente.
De su propio partido le llovieron críticas. Ileana Ros-Lehtinen, congresista republicana por la Florida, dijo que la decisión del presidente de despojar de la protección del TPS a los salvadoreños era “una vergüenza”. Y sobre el comentario ofensivo de Trump contra El Salvador y otros países, expresó que un lenguaje como ese “no debería escucharse en la Casa Blanca”. El presidente de la Cámara de Representantes, Paul Ryan, republicano de Wisconsin, dijo que el comentario de Trump era “muy desafortunado”. La senadora republicana Susan Collins, de Maine, manifestó que las palabras del mandatario eran “muy inapropiadas y fuera de límite”. Y el también republicano Mike Simpson, de Idaho, señaló que los comentarios de Trump eran “estúpidos, irresponsables y pueriles”. Simpson agregó que Trump estaba destruyendo el liderazgo de los Estados Unidos en el mundo.
Trump olvida que su país se hizo grande precisamente sobre los hombros de trabajadores de los países a los que hoy rechaza. Muchos de esos trabajadores vinieron como esclavos, o laboraron en condiciones de explotación en un intento heroico por salir adelante y, de paso, echaron las bases de una nación grandiosa. Los de hoy también dan un aporte valioso a la economía nacional y enriquecen su cultura.
Chelsea Clinton, la hija del ex presidente Bill Clinton y de la ex secretaria de Estado Hillary Clinton, expresó en Twitter que inmigrantes de El Salvador, Haití y países africanos probablemente ayudaron a construir los edificios de Trump. “Ciertamente ayudaron a construir nuestro país”, dijo Chelsea.
Al mismo tiempo, la injerencia de los Estados Unidos en países como El Salvador –que fue un campo de batalla durante la Guerra Fría contra la Unión Soviética y pagó un alto precio en vidas humanas y trastornos sociales– no está exenta de responsabilidad. El imperio no puede pretender que sus acciones no tengan un efecto; en este caso, la inmigración en busca de oportunidades que en los países devastados por los conflictos son muy escasas. Muchos norteamericanos lo saben y por eso desean tender una mano generosa de ayuda a la gente afectada. La acogida a los inmigrantes está entre las tradiciones más admirables de la sociedad estadounidense; es en realidad el fundamento de la nación.
Pero Trump parece ignorarlo, y al rechazar a unos inmigrantes por su origen nacional –tal vez para preservar en los Estados Unidos una pureza racial que se diluye en el mestizaje del cambio demográfico– ha causado un escándalo ante el cual su propia gente le da la espalda. Trump es un elefante en la cristalería diplomática. Y sus palabras y sus acciones son una peligrosa y detestable invitación al racismo.
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viernes, 5 de enero de 2018

Estados Unidos: más armas, más homicidios

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Andrés Hernández Alende

Otra matanza evitable volvió a ocurrir en los Estados Unidos.
En la víspera de Año Nuevo, un adolescente en una casa de Long Branch, en el estado de Nueva Jersey, tomó un fusil semiautomático y mató a sus padres, a su hermana y a un familiar, según las autoridades del estado. El abuelo y el hermano del joven lograron escapar.
Según varios amigos, el adolescente tenía problemas mentales y estaba retrasado en sus estudios. Pero sus padres –unas personas de la clase trabajadora que habían tenido dificultades económicas pero eran luchadores y salían adelante– decidieron darle clases en la casa y el joven estaba progresando.
Nadie pudo decir qué motivó el espantoso crimen en la tranquila comunidad de Nueva Jersey. Lo que sí se sabe es que el fusil con que se cometieron los asesinatos estaba registrado a nombre de un miembro de la familia.
Una vez más ocurre una masacre con un arma cuya posesión es perfectamente legal bajo las leyes norteamericanas. Unas leyes basadas en una enmienda de la Constitución –la Segunda Enmienda– que se redactó en momentos históricos distintos: finales del siglo XVIII, en medio de la guerra de independencia de las Trece Colonias contra la monarquía británica. En esa época, la joven nación estadounidense pugnaba por sobrevivir en un ambiente hostil, asediada por las tropas del rey Jorge III y por los indígenas que habían sido despojados de sus tierras. La situación es totalmente distinta hoy: la nación está firmemente establecida, sus instituciones son sólidas y el ejército y los cuerpos del orden pueden enfrentar cualquier amenaza, externa o interna.
Se calcula que hay más de 300 millones de armas de fuego en manos de la población, un número igual o mayor al de los habitantes de los Estados Unidos. Eso no quiere decir que cada norteamericano posee una pistola, sino que los fanáticos de las armas tienen un arsenal.
Cuando se compara el índice de homicidios intencionales en los Estados Unidos con el de países desarrollados donde la venta de armas está muy regulada, salta a la vista una diferencia enorme. Según la Oficina de las Naciones Unidas sobre Drogas y Crimen (UNODC), en 2015 la tasa de homicidios intencionales en los Estados Unidos fue de 4,88 por cada 100.000 habitantes. Entretanto, en Alemania fue de 0,85. En Australia, 0,98. En Austria, 0,51. En Bélgica, 1,95. En Canadá, 1,68. En Dinamarca, 0,99. En España, 0,66. En Finlandia, 1,60. En Francia, 1,58. En Grecia, 0,85. En Holanda, 0,61. En Irlanda, 0,64. En Italia, 0,78. En Japón, 0,31. En Noruega, 0,56. En Portugal, 0,97. En el Reino Unido, 0,92. En Suecia, 1,15. En Suiza, 0,69.
El caso de Suiza –donde los hombres en edad militar pueden tener fusiles en sus casas– es citado por los defensores de las armas de fuego para afirmar que la tenencia de armas no tiene que ver con el índice de homicidios. La realidad: los suizos cumplen el servicio militar entre los 20 y los 30 años de edad (hasta 34 en el caso de los oficiales) y se les permite llevar su fusil a la casa. La idea es que los soldados sean capaces de movilizarse rápidamente ante una invasión extranjera. Pero esos fusiles están registrados, los soldados están bien entrenados, el concepto de tener fusiles se basa en la defensa de la patria y no responde –como sucede en los Estados Unidos– a la posibilidad de tener que enfrentarse al surgimiento de un gobierno despótico, y la posesión de armas de fuego por civiles está estrictamente limitada. Además, la proporción de armas en manos de la población suiza –alrededor de 46 por cada 100 habitantes– es una de las más altas del mundo, pero aun así mucho menor que en los Estados Unidos.
Las estadísticas indican que sí existe una relación directa entre la posesión de armas y el índice de homicidios. Cuando la mayoría de los norteamericanos acepte esa realidad, el siguiente paso inevitable será exigir a los congresistas leyes que restrinjan la tenencia de armas para evitar las matanzas que con intolerable frecuencia estremecen a la sociedad estadounidense.
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lunes, 4 de diciembre de 2017

El mensaje de texto cumple 25 años

Los mensajes de texto son una de
las principales formas de comuni-
cación de nuestro tiempo.
Andrés Hernández Alende

Este pasado domingo, 3 de diciembre, el mensaje de texto cumplió un cuarto de siglo.
El servicio de mensajes cortos (SMS por sus siglas en inglés), que permite el envío de mensajes de texto, fue inventado en 1985 por Matti Makkonen, un ingeniero finlandés.
El primer mensaje de texto fue enviado a través de la red Vodafone en el Reino Unido, el 3 de diciembre de 1992. El honor de estrenar esta forma de comunicación pertenece al ingeniero y desarrollador británico Neil Papworth, de Sema Group, que envió un mensaje a Richard Jarvis, un director de Vodafone, utilizando una computadora personal. El texto del mensaje: “Feliz Navidad” (Merry Christmas).
Papworth tenía entonces 22 años de edad.
Jarvis, que estaba celebrando la fiesta de Navidad de su oficina, recibió el mensaje en un teléfono Orbitel 901.
Hoy, los mensajes de texto constituyen uno de los principales usos de los teléfonos móviles. Son una función que compite con las llamadas de voz, que para muchos usuarios –sobre todo los de las generaciones más jóvenes– se ha convertido en una adicción, y que ha revolucionado la forma en que el mundo moderno se comunica.
Twitter: @Alende5
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sábado, 2 de diciembre de 2017

Reforma fiscal en los Estados Unidos: más dinero para los ricos

Los republicanos del Senado
aprobaron una reforma fiscal
que beneficia a los ricos.
Andrés Hernández Alende

En medio de las sombras de la noche, en la madrugada del sábado 2 de diciembre los republicanos del Senado aprobaron la propuesta de reforma fiscal que beneficia a los ricos y a las grandes corporaciones, y da una puñalada por la espalda a la clase trabajadora norteamericana.
La medida rebaja el impuesto a las empresas del 35 por ciento al 20 por ciento, y otorga reducciones menores a los individuos. Ojo: las reducciones tributarias a las corporaciones son permanentes, pero las de los individuos terminan en 2026.
El Comité Conjunto sobre Impuestos del Congreso, una entidad no partidista, señaló que las rebajas para muchas familias serían modestas y que para 2027, los que ganen menos de $75.000 al año pagarían impuestos más altos, no más bajos.
Es evidente para quienes trabajan los republicanos del Capitolio. No precisamente para la mayoría de la población.
La reforma además dispara el déficit posiblemente en un billón de dólares en una década. Eso fue lo que hizo que el senador Bob Corker, de Tennessee, fuera el único republicano del Senado en votar contra la medida.
¿Qué pasó con la preocupación constante de los republicanos con el déficit federal durante el gobierno de Barack Obama? Era un temor espantoso que no los dejaba dormir. Pero ahora, bajo el mandato de Donald Trump y con un Congreso controlado por los republicanos, la inquietud por el déficit ha desaparecido.
La medida tiene otro efecto pernicioso: elimina del programa de salud promulgado por el presidente Obama, el Obamacare, el requerimiento de comprar seguro médico o pagar una multa. La Oficina de Presupuesto del Congreso ha dicho que la medida subiría las primas de los seguros médicos y dejaría sin atención médica a unos 13 millones de personas.
La consigna de los legisladores republicanos parece ser tomar más dinero de los contribuyentes para aumentar la opulencia de los acaudalados. Los ricos y sus sirvientes en el Capitolio han hecho una nueva redistribución de la riqueza nacional que favorece a la clase más adinerada, mientras los demás tenemos que seguir costeando con nuestro sudor y nuestros impuestos su suntuoso estilo de vida. La revolución de los ricos contra los pobres, iniciada durante el gobierno del republicano Ronald Reagan, sigue a todo tren en su impetuosa marcha hacia una colisión con el futuro.
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sábado, 25 de noviembre de 2017

Trump aparece en los Papeles de Panamá

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Una transacción en el Trump Palace de Nueva
York figura en los Papeles de Panamá.
Andrés Hernández Alende
El nombre del presidente Donald Trump apareció por primera vez en los Papeles de Panamá el viernes 24 de noviembre, según un artículo del New York Daily News por Chris Sommerfeldt.
Los Papeles de Panamá es el nombre con que se conoce una filtración de documentos confidenciales del bufete panameño Mossack Fonseca, que revela las formas en que las personas más ricas del mundo ocultan sus transacciones financieras para evadir impuestos.
El primero en descubrir el nombre de Trump en los Papeles de Panamá fue el reportero investigativo Jake Bernstein el mismo viernes. El hallazgo tiene que ver con la compra y posterior venta de un condominio en el Trump Palace, en Nueva York, a principios de la década de 1990.
Según el artículo del New York Daily News, la compra del condominio en el piso 16 del rascacielos situado en el Upper East Side, una de las zonas más prósperas de Manhattan, la realizó una compañía panameña llamada Process Consultants, Inc., en 1991.
Tres años después, una mujer de Hong Kong compró el condominio por $355.000.
El artículo del diario neoyorquino indica que Process Consultants es una compañía de acciones al portador, que se pueden usar para transferir bienes anónimamente. Esas acciones, según el artículo, se usan frecuentemente para lavar dinero.
Esto no quiere decir que la transacción haya sido delictiva o ilegal. Pero sí cae bajo el velo de opacidad que cubre a los negocios descubiertos en la investigación de los Papeles de Panamá.
Los ricos han usado a las compañías pantalla descubiertas en los Papeles de Panamá para evadir impuestos. Trump debe aclarar cuanto antes el papel que tuvo su empresa en ese negocio. El presidente de los Estados Unidos le debe esa aclaración al pueblo norteamericano.
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